Por Lis Solé / Fotos: Gentileza Sofía Giribone

Hay personajes de leyenda en cada pueblo y uno de ellos es sin duda el “Manco” Giribone. Hombre campero, muy ducho con los caballos, criollazo para todos los que lo conocieron recorrió grandes distancias de la provincia de Bs. As. con su caballo y tropilla ya que la falta de un brazo no le impidió destacarse en los deportes, juegos o travesuras físicas que se impusiera.
José Luis Giribone, el “Manco”, era hijo de Juan Carlos Giribone y María Cañás, hermano de Juan Carlos “Carlucho” Giribone que estuvo a cargo de la Intendencia de General Alvear durante muchos años y quizás, menos mentado en el pueblo por la gran relevancia que tuvo Juan Carlos en la historia local, pero muy bien recordado por los que lo conocieron en las estancias “San Juan” o “La Vigilancia”.
En sus años mozos era muy deportista, hecho que no perdió a pesar del accidente, muy buen boxeador y aunque no pudo seguir boxeando, siguió entrenándose y conservándose en muy buen estado físico ya que nada era anormal para él, tanto manejaba el auto, el caballo o los carruajes con cuatro y hasta seis caballos o incluso domaba junto a su hijo José Luis.

EL ACCIDENTE EN UNA CARRERA DE AUTOS
Queda sin brazo en una carrera automovilística por caminos de tierra en Pila, cerca de General Belgrano en tiempos que tenía una baquet, por el año 1924 o 1925, cuando tenía 26 años.
Su hijo José Luis Giribone explica que en esa carrera, iba acompañado por el chofer de su madre, mecánico de autos de nombre Valerio. Sucedió que, con la carrera ya casi ganada por una vuelta, no puede dejar de hacer una de sus bravuconadas características y se para a un costado para prender un cigarrillo como para pasar la raya fumando. En eso pasa un atrasado y lo llena de tierra… ¡Cómo iba a dejar que lo llenara de tierra un rezagado! (Giribone, 57)
Así pasa que se enoja, tira el cigarrillo y sigue corriendo; cruza la raya, gana, pero se le corta el tren delantero del auto y vuelca. Sin sentir que en el vuelco tenía el brazo deshecho y la mano aplastada hasta la mitad entre el codo y el hombro, va hasta su acompañante que había fallecido con el golpe ya que en esa época, no se usaban precintos ni cascos y la “baquet”, era un cochecito sin capota.
Al verlo tan lastimado lo llevaron apresuradamente hasta Belgrano y de ahí en tren a Bs. As. donde lo operaron tres veces para cortar la gangrena en épocas donde no existían los antibióticos. A pesar de 24 quebraduras se recupera y sale del sanatorio manejando él mismo su auto con una voluntad y espíritu incomparables.
La pérdida del brazo no lo amilanó y sigue jugando al polo y andando a caballo por los campos.

EXIMIO JUGADOR DE POLO

En el año 2018 se cumplieron 90 años del Primer Partido de Polo en el Campo Argentino de Palermo y en esa oportunidad se hizo homenaje al primer equipo argentino. Entre ellos estaba el “Manco” con un grupo de arriesgados polistas que “jugaban como indios”, “medio salvajes” y con una vehemencia tal que les ganó el nombre de “Los Indios”. Con una caballada muy distinta a la actual, corrían y “se atropellaban a lo bestia” en un juego muy bruto donde realmente parecían indios, apodo que los acompañó para siempre .
El día de la inauguración del Campo Argentino de Polo el 27 de octubre de 1928, hubo un partido entre dos combinados: Civiles y Militares. Dicen que ese día se jugaron seis chukkers y la victoria fue para los civiles por 8 a 6 en la cancha número 1 del Campo Argentino de Polo que universalmente se conoce como “La Catedral del Polo Mundial”.
En esa oportunidad, José Luis integraba el Equipo junto a Ramón Videla Dorna, Luis Nelson y Carlos Uranga. Eran épocas donde el Polo todavía era considerado un deporte de campo, de estancia, no un deporte de ciudad.
Sólo un polista sabe lo importante que son los dos brazos para manejar las riendas, la fusta y el taco de polo. “El Manco” se las arreglaba llevando las riendas con un gancho atado a su brazo izquierdo peligrando que en el caso de una rodada quedara enganchado al caballo por lo que inclinaba el cuerpo para efectuar un salto mortal para salir parado o al menos, no ser arrastrado por el caballo.
Con ese gancho que era como un garfio de pirata que solo se abría si el salía rodando para adelante, manejaba el caballo con el cuerpo para llegar hasta la bocha más difícil.
El brazo era como un yeso que se lo ataba al muñón que le había quedado para parar la gangrena, de ahí en la cintura para sujetar las riendas para que de esa forma, quedara libre la mano derecha que manejaba el taco.
Su hija Sofía Giribone recuerda que “una vez se le rompió el brazo postizo jugando y entonces iba para los palenques gritando: – “¡Denme otro brazo!”. Y unas americanas que estaban mirando el partido dijeron: ¡Qué maravilla! ¡Estos son los machos argentinos!” (Sofía Giribone, entrevista ESPN, 2018).

VENÍA A CABALLO SOLO 31 LEGUAS…

Su residencia era en “La Invernada”, un campo familiar de General Belgrano, pero en Alvear venía a “San Juan” y a “La Vigilancia”, campos que administraban su hermano Juan Carlos y el hijo del Manco, José Luis Giribone (H). Pasados los años 60 y ya fallecida María Luisa Cañás, Juan Carlos Giribone comienza a administrar los campos que heredó con la ayuda de Roberto Senillosa, un muchacho joven de unos 20 años, sobrino de su mujer Carmen “Sisí” Senillosa.
Miguel Bilbao, que tenía un campo lindando con lo de Giribone, trabajó en la estancia desde los 12 años y recuerda que Juan Carlos venía desde General Belgrano en auto, pero el Manco, venía a caballo y con su tropilla tardando un día y sin escalas para recorrer las 31 leguas a caballo hasta “La Vigilancia” situada en el Cuartel VII de General Alvear, en el límite con Tapalqué.
Muy gaucho, le gustaba mucho el campo, tuzaba él mismo sus caballos y los arreglaba con una sola mano y cuentan que una vez cruzó el arroyo desbordado con la yegua de tiro y los caballos por detrás. En “La Vigilancia” permanecía semanas enteras y sorprendía a los empleados por su jovialidad y participación en todas las actividades camperas, cosa que también hacía Juan Carlos pero con mucha más seriedad.
En esas épocas el campo era de su madre, María Luisa Cañas, y su hermano Juan Carlos era el administrador. Sus propiedades comprendían “San Juan”, “La Vigilancia”, “Las Marías” en Carlos Casares, “Santa Rosa” y “La Invernada” en Belgrano. Imposible imaginar la cantidad de hectáreas de la familia pero sólo “La Vigilancia” junto con “Santa Rosa” completaban una superficie de 5.600 hectáreas.
Miguel Bilbao recuerda el día que estaban sacando hacienda para Carlos Casares con Facundo Peralta y como es costumbre y obligación antes de cada arreo se procedió a la yerra. En eso estaban cuando el Manco dijo que él también iba. Ante tal afirmación, Don Facundo Peralta le dice con todo respeto: “- No patrón, ¿Cómo va a ir Ud.?”. Pero él insistió argumentando que lo mandaran a parar las vacas o hacer rondas de noche porque él iba a trabajar igual que los demás y que por supuesto, esperaba recibir una paga igual a los otros. Pero justo ese día enfermó la madre y Juan Carlos lo vino a buscar pero Miguel asegura que “hubiera venido con nosotros”.

LAS BOLEADAS EN “SAN JUAN” DE GIRIBONE

En el mes de noviembre se hacían en la estancia “San Juan” de General Alvear las tan esperadas boleadas de avestruces. Había uno de los potreros llamado “La Libertad” que no era un coto de caza, pero sí unas mil hectáreas crudas, sin trabajar, con pajales, donde se juntaban 30 o 40 hombres algunos amigos de Buenos Aires, capataces, mayordomos y también patrones de otras estancias y también algunos puebleros.
A veces aparecía algún “chabón” pero en esos casos siempre eran apadrinados por algún mensual diestro y se reunían en el medio del campo para armar un cerco y de ahí arrancaba un puntero que supo ser “el Negro Haedo”, de Alvear.

WALT DISNEY Y LAS BOLEADAS

En el año 1941 llega a la Argentina Walt Disney para entre otros objetivos “mejorar las relaciones internacionales” y fueron a visitar estancias y compartir costumbres con la gente de campo. De esa experiencia surgen las películas “The Gallopin’ Gaucho” y “El Gaucho Goofy” donde se intentó en un principio reflejar algunas costumbres argentinas pero con tan poca fidelidad que provocó la desaprobación de Florencio Molina Campos.
Sin embargo, el gran amigo del Manco y compañero de aventuras Carlos Uranga recordaba cuando vino Disney y se reunieron con él en la estancia “Benquerencia” en Monte. Allí filmaron muchas escenas de campo y asados y Disney, impresionado por la agilidad y la gracia de los movimientos en las boleadas, se inspira en ellas para planear la película “Feather on the pampas”. En esa oportunidad, llegaron a soltar un avestruz en la calle Florida que provocó el terror del pobre animal que se refugió finalmente en un auto convertible.

Y ENTONCES ENTRÓ EL REY

Las boleadas duraban dos días, se hacía una vaca con cuero y de noche había guitarreadas y zapateadas, Juan Carlos tocaba la verdulera y el vino abundaba a la espera de los contrapuntos de zapateos sobre un tablón. El Manco descollaba y acaparaba la atención asombrando con sus chistes y hacer. Un día que estaban en una fiesta en “La Invernada” en uno de los galpones se abrió el portón y entró el Manco en un oscuro muy bueno que tenía, muy trajeado y con espuelas, y “lo hizo rayar sobre el portland”. José Luis (H) cuenta que una viejita que había sido la mujer del mayordomo de sus abuela contaba: – “Estaba la fiesta muy bien y de golpe, los portones se abrieron y entró el Rey” (Giribone, 34).

UN PAISANO AUTÉNTICO

Dicen que ante el comentario de la ciudad de andaba “haciéndose el gaucho” el mismo dijo con sinceridad que “no es que me haga el gaucho. Es que me siento gaucho. Es que como algunos encuentran su entretenimiento en ir a jugar al golf, yo lo hallo en levantarme a las 3 y media de la mañana para irme a trabajar con los peones de la estancia, después de haber estado mateando a la vera del fuego. En toda mi vida no he hecho otra cosa. Cuando quise estudiar, era el campo el que me tiraba. Probé todos los primeros años de estudios imaginables: El Nacional, el comercial, la Escuela Naval. Todo inútil; era preferible trabajar en la hacienda paterna desde las 5 de la mañana”.
Hombre de ley, lograba la confianza absoluta y el respeto de todos los hombres de campo que compartieron sus estadías en “La Vigilancia”; su espíritu y alegría demostraba que nada es imposible si se le pone ánimo y gran fuerza de voluntad. Ni la catástrofe más grande puede amilanar el espíritu y el ejemplo de estos hombres de leyenda, anima los corazones para seguir en el camino que sea por más largos y difíciles que parezcan.